Rechina, rechina, rechina...tu cama rechina. Gruñes, una película
de sudor cubre tu frente, las gotas saladas humedecen la almohada, los puños
aferran las sábanas.
La
luna, curiosa, nos te espía tras la ventana.
— Quisiera poder arrancarte las alas y
esconderte del mundo para siempre...pero entonces...¿dónde residiría la belleza
de la mariposa?
Gruñes de nuevo, tus dientes hacen
presión sobre la carne suave. Tump-tump-tump ¡qué rápido late tu corazón! Ni
siquiera el tic-tac del reloj logra alcanzarlo.
Tus hombros se tensan, tu espalda se
endereza, la línea de vello que desciende por tu vientre se eriza...
...en el exterior, las nubes cobijan una
centella.
.
.
.
7:01 a.m.
Te revuelves sobre el colchón, tus manos
palpan la superficie mullida buscando el calor del otro cuerpo que nunca estuvo
allí.
.
.
.
7:10 a.m.
Yo, despierta en el otro lado del mundo, contemplo en el
espejo del baño mi labio sangrante.
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Retazo...
El 2 de diciembre, mientras caminaba un rato por el Parque
Los Caobos (Venezuela) vi una mariposa morpho posada a los pies de un árbol.
Sus grandes alas se abrían y se cerraban de forma intermitente...y el azul era
tan intenso como la línea del mar que se extiende hacia el horizonte. Mis manos
ardían en deseos de tocarla pero mis pies se mantuvieron pegados al suelo. No
moví ni un músculo. Entonces, la mariposa se elevó en el aire y se alejó...yo,
por mi parte, me quedé con el bello instante que me regaló su frágil
existencia.

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